❀ "Lo mío" y yo ❀

Tengo AR desde los 4 años.

Mejor dicho, a los 4 años tuve Artritis Idiopática Juvenil, llamada también enfermedad de Still o "lo mío" (la tuteo, sí, que para eso llevamos un porrón de años juntas)

Recuerdo que cuando era pequeña y tenía el cerebro del tamaño de un teletubbie (no es que ahora lo tenga mucho más desarrollado) detestaba oírle decir a mi medico que tenía artritis idiopática, ¿qué nombre era ese?, ¿que enfermedad era esa?, yo quería tener algo más "normal", más "exótico", qué sé yo... ¿cáncer?. ¡En fin! :-(

A los 12 años, y rozando ya el cambio hormonal, la artritis remitió. Se fue dejándome como recuerdo un cuerpo cansado de arrastrar tantos mordiscos en los huesos. Desde entonces -operaciones al margen- no he vuelto a tener un brote (hasta hoy) ni ese cansancio ni esos mordiscos han hecho que mi vida se viera limitada, todo lo contrario, he desarrollado una sordera aguda con el dolor y he aprendido a vivir a media batería con una energía que ni yo misma entiendo. He aprendido, también, a tirar de mi cuerpo antes de que él tire de mi mente (o peor, de mi corazón). A abandonarlo en un sillón y largarme lejos cuando la impotencia me araña la paciencia y a mimarlo cuando sé que necesita una tregua. Me crié como una niña normal que debía cuidar los sobreesfuerzos y reconocer sus límites para superarlos, punto pelota. No hubo traumas de infancia ni de adolescencia, aunque sí dolor, mucho dolor, ¡montañas de dolor! y también aprendizaje, mucho aprendizaje y muchísima superación. He sentido siempre que debía adaptarme al mundo y no a la inversa, y lo cierto es que lo he hecho de forma totalmente natural e instintiva.
De "lo mío" aprendí y aprendo a diario infinitas cosas. Cosas como percibir el bajorrelieve de las sensaciones, valorar la vida que late en las pequeñas treguas de calma o leer en los tobillos de la gente el lenguaje encriptado de sus emociones (algún día tengo que contarlo ;). Nunca he sentido necesidad de escribir sobre ello, tampoco ahora que "lo mío" parece querer despertar… Son mis dedos que de pronto se lanzan a teclear el circuito. Quizá sean los restos de kriptonita, el verano sobre la piel, el té rojo, la cortisona, el humo del cigarrillo...o, sencillamente, la necesidad repentina de permitir que, por primera vez y para siempre, sea el mundo quien se adapte a mí.



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