Volando sobre dos ruedas

Pocas veces puedo realmente reconocer lo que es la libertad. Día tras día la rutina me consume y no hay forma siquiera de que lo note. No digo que me sienta retenida, ni que me apabullen mis responsabilidades. Solo que no identifico que con frecuencia experimento momentos de total libertad. Esa mentada libertad que tanto ha peleado el hombre, por siglos, y que al obtenerla no ha sabido qué hacer con ella. Hasta que, pensándolo, me doy cuenta de que mucha gente ha logrado ser realmente libre, incluso en espacios reducidos.

Mi libertad siempre me la han dado mis pies, esa poderosa posibilidad de trasladarme a donde quiera solo caminando. El poder de un simple y común par de piernas, que viéndolo bien, ni siquiera todos podemos tener. Simple y sencillo, tan insignificante, que si lo miras con detenimiento, se hace genial. Como puedes en algo de tiempo trasladarte de un lugar a otro solo caminando.

Pero, el día que tomé una bicicleta para moverme a través de la ciudad, y los días más arriesgados de un poblado a otro, ese día sí que pude ser libre. Si caminar era genial, rodar ha de ser la forma de libertad más genuina, casi a la par de aquella que solo las aves pueden disfrutar, casi tan libre como volar. Quizá cuando tomo mi bicicleta lo haga por la obligación encadenante de mis labores rutinarias, pero al montar y volar en ella, no hay duda de que soy libre.

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