Postrecillo para el alma

¡Mira que hay días tristes y sin sal! Estar de aquí allá, escuchando las voces de la gente. Sin que nada interese realmente. Hacer las cosas por inercia, de lo más natural. Con una sonrisa, pero sin sentirla. Con fondo musical, la música que tanto me gusta hoy no me inspira ni desagrado siquiera. Pues que más, un día gris y general.

Eso hasta que recuerdo que hay algo que nunca falla para pintar de colores y sonidos mi rostro. No, no hablo de nada muy profundo, no es filosofía, ni energía espiritual. Una simple carga azucarada será suficiente. Un postrecillo. Suelo olvidar su existencia con frecuencia hasta que me lo dice al oído: Vamos por un postre y un café.

Es llegar al lugar y recordar la infancia e imaginar la vejez, es tener que decidir entre cualquiera de todas estas exquisiteces. Hoy creo que voy a dejar de lado el chocolate, sin que sienta celos del dulce de leche que se me antoja. Colores, texturas y sabores a mi vida en un solo bocado. Cada pequeña cucharada que llevo a mi boca es intentar saborear los ingredientes que le componen. Ha de ser fácil de hacer, si solo me tomara el tiempo para hacerlo. Luego de disfrutarlo solo puedo rogar por olvidarlos nuevamente. Que pronto mi vida sea simple y aburrida de nuevo para que puedas invitarme y sorprenderme una tarde cualquiera.

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