Naturaleza y afecto

Pocas veces me detengo a mirar. Miro mis ojos, observo con atención la selva que se esconde tras ellos. Me sorprendo de poder acceder a toda esta naturaleza, es increíble cómo he dejado pasar tantas veces su incalculable riqueza. Pero al caer en cuenta, me es inevitable dibujar una pequeña y torcida sonrisa. Cada día que pasa, cuanto tiempo que no deja de avanzar, tampoco puedo evitar olvidarme. Voy dejando hojas al pasar, las oigo caer pero no hago caso, esta selva tiene tantas hojas. Las oigo crujir también, ha de ser el sonido que me advierte lo que pasa. Estas hojas al caer me dejan desprotegida, se cuela una luz que encandila entre los vacíos que quedan. Comienza a irritarme su abandono, llega a doler de a poco. Es cuando el espejo me lo dice, la selva tras mis ojos debe gozar de mi total afecto y atención. Es tanta esta realidad que la solución será mudarme, vivirme en ella, sentir cada una de estas hojas. Es algo que me debo, a mí, a quienes me acompañan. Solo cuando cada una de las selvas que nos ocupan están en perfecta armonía podremos generar cambios ricos en afecto. Es la mejor forma de ver a cada una echar raíces fuertes, y desarrollarse de forma plena. Serán personas seguras, que irradiarán afecto y determinación. Olvidadas, olvidada de sin sentidos, de materialismos y superficialidades. Viviré y disfrutaré mi selva, la naturaleza me enriquece. Y solo así podré sentir el real afecto.

Es lo que anhelo, afecto, afecto, afecto, para cada uno de nosotros.

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