viernes, 7 de marzo de 2014

Mi juventud era una casa

Envejezco.

Hace algunos años que es oficiosamente oficial. Envejezco y no es que lo lleve mal en absoluto, pero tampoco bien, para qué fingir. Envejezco y mentiría si dijera que formo parte de ese grupo de personas que afirman que a una determinada edad se alcanza la plenitud o que adora sus arrugas porque las considera líneas de vida, aprendizajes o lecciones.Yo no. Al menos hoy. No. Que mal, eh?. Me hubiera encantado, palabrita, de hecho siempre creí que sería así, pero no. Y ya puestos confieso que lo que más me fastidia (iba a utilizar otro verbo) de envejecer es que no me siento ni más sabia, ni más plena, ni más realizada, ni más en paz, ni exfoliada anímicamente, ni más nada. Al contrario, cada vez me noto más hambrienta de vida y silencio, cada vez me escurro más -ombligo adentro- y me pierdo entre mis caóticas cordilleras sin importarme un pepino los juicios ajenos. Me jode (jó, perdón) sentir que estoy tan agotada como sedienta, que la vida se me queda corta, corta, coooorta y larga, larga, laaaaaga a la vez. Pura contradicción, así es como una se arranca las escamas de lo aprendido para volver a relamerse la duda. Desaprendo, cada día un poco más, y al hacerlo es cuando realmente cierro los ojos al sol y me siento liviana.

Envejezco.

Hace años que es oficiosamente oficial. Y aquí estoy, seis pasos más allá del meridiano, sosteniendo a pulso la sonrisa en el espejo y retroalimentando -con infantil pasión- a todos los pajaritos azules de mi cabeza.