lunes, 26 de mayo de 2014

Egagróprilas


Llueve. Cambio el color del blog, me distraigo mientras escucho el burbujeo de los macarrones al hervir. Hace nada he quitado la radio y sus malditas voces para regalarme unos minutos de silencio sepulcral. Me pregunto qué marca la diferencia. Dónde empieza y termina esa línea divisoria que forma una frontera, una aduana entre tú y otros, es algo que me cuestiono desde niña. Cada vez me resulta más difícil pasar desapercibida y amoldarme a la cubitera anatómica, mezclarme entre las mujeres de mi edad y seguir las conversaciones como una autómata. Me ahoga esta sociedad, siento que me difumino, que desaparezco en mí. Me extingo dentro de un cráter ahogadizo en el que me pueden las ganas de enviar a la gente a la mierda y decirles que me aburre inmensamente tanto borreguismo. La sociedad es una lacra para sí misma, está plastificada, tan embutida en su piel de neopreno colectivo que no transpira, no resurge, no muda, no escupe, no evoluciona.

Me cansa todo ese teatrillo circense en el que parece obligatorio digerir los tópicos sociales y adaptarse al patronaje para no ser considerado un rara avis. Pues lo soy, lo soy con todas mis células y todas mis líneas. Lo soy desde el eje de mi feminidad hasta el centro abierto de mis complejidades, todas, incluso las mentales. A veces, cuando la espiral aprieta y el inconformismo me araña el cielo de la boca, tengo ganas de palmear y despertarme (con mi gente) en otra época, otro lugar, otro cielo.


Otra vida.