miércoles, 5 de junio de 2013

Alambres de olvido

A veces, en cd's perdidos, encuentro auténticos tesoros. Hoy he encontrado éstas dos fotografías que he unido en un pequeño collage y que se han convertido en las protagonistas absolutas de mi imaginación. Las hice en el 2004 pero no sabría decir dónde o a qué lugar, provincia o rincón pertenecen. Lo que sí puedo decir es el motivo por el que las hice: me hechizan no sólo este, sino todos los pueblos, aldeas, casas o cobertizos abandonados, siento autentica pasión por ellos desde niña. Me atrapan hasta imantarme el corazón, me pierdo por sus calles rotas a riesgo incluso de romperme yo misma, no importa, es una fuerza superior a mi voluntad. Los pueblos abandonados tienen una voz que yo necesito abarcar, palpar, entender, acariciar. Incluso libar. Sí, libar. Puedo pasarme horas contemplando esas ventanas abiertas, como una herida desangrada, a la soledad más absoluta. Puedo intuir el alarido de sus paredes carcomidas por el olvido. Tocar las historias escritas sobre madera añeja y percibir la corriente eléctrica que me hace imaginar la gente que habitó aquel lugar. No me importa cuando, me importa por qué y sobre todo, me importa quienes. Qué soñarían al amanecer?, ¿cómo serían sus risas?. Los lugares abandonados gritan, siempre gritan renuncias, por pequeñas o terribles que sean. En mi fantasía me vuelvo bailarina del tiempo y recompongo todo con alambre de ilusión, enciendo las luces del pasado y soy espectadora de una historia que siempre está viva. Siempre.