miércoles, 20 de junio de 2012

Plastilina azul

Ésta mañana, al girar rápido la esquina, casi tiro por suelo a dos ancianos. He frenado en seco, derrapando sobre la acera con mis pies de plomo. Me he dado un susto de muerte, la verdad, y tal ha sido el chirrido del corazón que se han girado a mirarme y (en un soplavuelo de amabilidad) han querido dejarme pasar. Les he dicho que no, que no hacía falta y les he invitado a seguir. Mientras caminaba detrás de ellos he visto sus cogotes y he pensado en ti y en lo mucho que te hubiera gustado la imagen, tenían ambos uno de esos cogotes amables que parecen chorrear palabras, ya sabes, como si tuvieran una boca trasera que les susurra suavemente el paisaje del ayer. He ido caminando a su paso, pegadita a ellos hasta el semáforo, entonces me he colocado a su lado, ella era mucho más pequeña que yo, delgada como una hoja de papel. Me ha mirado y ha sonreído, una sonrisa tan, pero tan dulce que sin querer se le ha desprendido de los labios, ha dado tres saltitos sobre el asfalto y se me ha clavado en los ojos.

Hoy la tarde me circula sin prisa, fíjate, como si el tiempo estuviera hecho de pequeñitos ayeres enganchados con plastilina azul. Y en realidad todo sería azul, todo, si el maldito cansancio no me arañara tanto.



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